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Cigadrillo: cómo es el novedoso material para la construcción mitad ladrillo mitad cigarrillo

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Corría el año 2017 y en las aulas de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), los estudiantes Antonio Ramírez, Luján Fischer y Luciano Carrizo se unieron para llevar a cabo un proyecto de investigación que se transformó en un emprendimiento de diseño y construcción sustentable. Así nació “Cigadrillo”, una propuesta de recolección, saneamiento y reutilización de las colillas de cigarrillo que se desechan en espacios públicos. En cuatro años avanzaron en la confección de placas para la construcción y también en visibilizar y generar conciencia acerca de los daños ambientales que causan estos desechos.

Los futuros arquitectos, que hoy tienen entre 27 y 30 años, se pusieron a trabajar con un residuo pequeño, pero altamente dañino: tiene derivados del petróleo, acetato de celulosa y hasta 8.000 componentes tóxicos, entre ellos metales pesados que en su mayoría se disuelven en el agua. Las colillas de cigarrillos tardan entre 8 y 12 años en desintegrarse, mientras contaminan las calles, el aire, la tierra y el agua. Se estima que en todo el mundo se arrojan 4.500 millones de colillas por año. Una sola puede contaminar hasta 70 litros de agua.

Dos años después, en 2019, el proyecto fue seleccionado por el Programa Ingenia de la provincia de Santa Fe, y con el aporte de capital semilla obtenido pudieron donar los primeros contenedores exclusivos de colillas para instalar en las facultades de la UNR. La campaña continuó en instituciones, comercios, empresas, bares. Antes, a través de un trabajo de campo, determinaron que entre el 40 y 50% de los habitantes de Rosario fuma y que en su mayoría arroja las colillas en el suelo. La recolección voluntaria y masiva se puso en marcha.

Desafío: cambiar una costumbre naturalizada

Hoy repasan el recorrido de la iniciativa con Infobae y afirman: “Encontramos una solución técnica de triple impacto, ambiental, económico y social, pero a la vez se nos abrió un panorama de concientización ambiental con gran repercusión en la población que no esperábamos. Nos convertimos en un movimiento ecológico con fuerte presencia territorial, que va en busca y fomenta la aplicación de políticas públicas que traten este tema. Hemos logrado ordenanzas, trabajos en conjunto con municipios, voluntariados ambientales y diferentes movidas nacionales e internacionales. Sabemos que iniciativas como estas tienen lugar en otros países como Colombia, México, Chile y Australia, entre otros”.

Reconocen que el primer desafío que se les presentó fue cómo cambiar la costumbre tan naturalizada de los fumadores de tirar las colillas en cualquier lugar de uso público, veredas, calles, plazas, playas “como si fueran las hojas que naturalmente caen de los árboles en otoño”, compara irónicamente Ramírez.

“Comprobamos -destaca Carrizo- que ese hábito se basa en la falta de información al respecto: gran parte de los fumadores, y también de los no fumadores, no las reconocen como un contaminante tóxico. Cuando comenzamos a contarles todo lo que tiene una colilla, explicar sus diferentes impactos y consecuencias en el ambiente, incluso mostrarles cómo queda el agua una vez que la colilla entra en contacto con ella, el mismo fumador se asombra de lo que está contenido en el producto que consume”.

Cestos y puntos de recolección

La anécdota de lo que llegó a reunir el primer contenedor llena de orgullo al equipo: “Lo instalamos -recuerda Fischer- en la vereda de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNR, sobre el Boulevard Oroño y, en base a las estimaciones estadísticas que habíamos hecho, esperábamos, en el escenario más optimista, que se podía llenar a los 60 días. El dato asombroso y movilizador fue que se completó en 40 días. Solo en ese contenedor se juntaron 18.000 colillas que, como los cientos de miles que seguimos juntando, no van a parar a las plazas ni al río”.

Los contenedores, que son un gran cigarrillo de pvc reforzado, tienen un diseño que posibilita la creación de un sector para fumadores, ya que incorpora perforaciones para arrojar las colillas y un cenicero circular en la parte superior que permite apagarlas. En estos puntos de recolección, que se llaman “Punto Cigadrillo”, pueden depositar las colillas todos los que quieran ser parte de la movida ambiental, tanto fumadores –quienes también pueden vaciar allí sus contenedores personales- como no fumadores.

Actualmente, en Rosario hay 25 contenedores. Y la ciudad tiene una ordenanza por la cual los clubes costeros sobre el río Paraná deben instalarlos. Estos cestos también están en otras ciudades de la provincia de Santa Fe con las que firmaron convenios, como Arroyo Seco, Venado Tuerto, Armstrong y Wheelright, entre otras. Y se suman acuerdos con organizaciones y empresas de Córdoba, Entre Ríos, Río Negro, Formosa, Corrientes y Mar del Plata, entre otras localidades de la provincia de Buenos Aires. La convocatoria de Cigadrillo se extiende a municipios e instituciones de todo el país y prepara su lanzamiento al mercado para los próximos meses.

Cómo es el proceso de reciclado

La idea original de Cigadrillo se basó en una mezcla de ladrillo y cigarrillo. El proyecto surgió como una inquietud medioambiental en la búsqueda de una solución al problema de las colillas. Pruebas mediante, fue mutando hasta la elaboración de placas para la construcción. “A medida que fuimos avanzando -señala Ramírez a Infobae- nos dimos cuenta de que era más óptimo potenciar la cualidad de este residuo, la celulosa, y convertirlo en un aislante térmico y acústico y también en placas melamínicas multiuso, livianas y fáciles de cortar, para confeccionar mobiliario y objetos de oficina o decorativos”.

“En la construcción, estas placas funcionan como un complemento que se puede utilizar en los techos de las viviendas, entre la chapa y el cielorraso, y en los muros de construcción en seco, entre otros usos. La celulosa reciclada puede tener numerosas aplicaciones. En verano, reduce la temperatura exterior a interior aproximadamente en 8 grados de diferencia, y en invierno bloquea el paso de calor interior hacia el exterior. Así, contribuye a la eficiencia energética porque se ve reflejado en un menor consumo para calefaccionar o refrigerar”, explica Carrizo. Y agrega que las placas presentan, además, “la propiedad de ser retardante de fuego, regula la humedad de los materiales y evita la propagación de hongos”.

El tratamiento que reciben las colillas consiste en tres pasos. Primero: limpieza, se sacan otros residuos que suelen recibirse con las colillas, como cajas o envoltorios de cigarrillos. Segundo: se neutralizan los contaminantes agregando componentes que ayudan a suprimir su acción contaminante, hasta que la celulosa se limpia. Este proceso dura 24 horas. En el tercer paso se incorpora más celulosa proveniente de otros productos reciclables, para aumentar el volumen de materia prima, y luego los aditivos necesarios. Las placas se arman en moldes y se dejan secar de 8 a 12 horas.

“Nuestro mensaje -concluyen los tres estudiantes rosarinos- es transmitir que el residuo que el fumador genera sea depositado en un lugar exclusivo porque necesita ser clasificado. Así como ya clasificamos al cartón, el plástico y el aluminio, ahora agregamos las colillas porque merecen un tratamiento aparte -diferenciado de los residuos sólidos urbanos y que su disposición final no sea el relleno sanitario- y pueden ser recicladas”.

A las organizaciones ambientales, instituciones y particulares que recolectan colillas les recomiendan que las junten siempre con los cuidados necesarios de higiene, guantes, barbijos, y que las depositen o trasladen en envases plásticos, o bolsas, con cierre hermético para evitar la emanación de olores. Más información en las redes sociales: Instagram y Facebook.

Una iniciativa similar se viene desarrollando también en Mendoza, liderada por , Alexis Lemos. Cigabrick consiguió la elaboración de un biopolímero en el laboratorio.

El biopolímero es un método para el reciclaje de las colillas totalmente natural y definitivo que consiste en la obtención de un producto compuesto biotecnológico: las colillas son mezcladas con elementos naturales a los que se les suma microorganismos que comen las toxinas y liberan enzimas que mineralizan la mezcla. Este período de cultivo lleva unos 20 días. En definitiva, lo que demora 15 años en degradarse, es descontaminado en sólo 20 días.

Por: Graciela Gioberchio
Fuente: Infobae


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