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La historia del vino argentino, reconocida con un premio en Francia

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El centro del poder de la industria del vino reconoce el aporte histórico de Latinoamérica como región productora. La investigación de un historiador argentino sobre el desarrollo del cultivo de la vid, desde la conquista hasta nuestros tiempos, obtuvo el único premio de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) para Latinoaméricaen su certamen anual.

El libro La Vid y el Vino en el Cono sur de América: Argentina y Chile (1545-2019), del historiador mendocino Pablo Lacoste, fue premiado con mención especial en la categoría ‘Historia’ de la edición 2020 de OIV. La principal institución del vino, con sede en París, celebró el martes 15 de septiembre los 90 años de la creación de este galardón.

Europa tiene grandes institutos y centros de investigación dedicados a estudiar el vino. En cambio, toda esa infraestructura no existe en América Latina”, explica Lacoste, para dimensionar su logro en una competencia asimétrica. Más simple, con código fierrero, dice: “Es como ir a correr un campeonato de Fórmula 1 con un Rastrojero o Siam Di Tella, contra Mercedes Benz, McLaren y Ferrari”. Y remata: “Bueno, eso es lo que pasó ahora. Un Rastrojero argento llegó al podio del Gran Prix de Francia”.

El primer puesto de la categoría Historia de la Enología fue para el libro Vinos y Licores durante la Primera Guerra Mundial, del autor Huber Bonin, publicado en Francia. El segundo puesto lo consiguieron otros dos franceses, Laurence Turetti y Georges Chaluleau, con el libro Historia de un viñedo de Limoux.

Pablo Lacoste está radicado en Chile, donde ejerce como investigador y docente del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la Universidad de Santiago. Su libro fue publicado en 2019 y analiza el contexto político, económico y social en que se desarrolló la industria del vino en el Cono Sur. El texto también aborda las fronteras enológicas de la región, que delimitaron la influencia del Cabernet Sauvignon en Chile y del Malbec en Argentina.

Lacoste expresa a Clarín su grata sorpresa de haber sido el único autor latinoamericano en ser reconocido este año por la OIV. Admite que si bien, en los últimos 30 años, los países del Nuevo Mundo vitivinícola crecieron mucho en exportaciones, lo hicieron con un criterio de marketing y precios bajos, renunciando a reivindicar la identidad y el origen de sus vinos. “Las bodegas de Argentina y Chile venden mucho pero a precios muy bajos, muy cerquita del costo. A cambio de los vinos europeos que tienen historia”, afirma.

-¿Cuál ha sido el aporte de su investigación?

-Ha sido un trabajo de 30 años. Me llevó a viajar a Francia, a la región de Cahors, de donde es originario el Malbec, entre otros lugares del mundo. El vino es paisaje, familia, cultura y una sabiduría ancestral que tenemos que empezar a descubrir.

-¿Cómo llega la viticultura a Latinoamérica?

-Cristóbal Colón introdujo la vitis vinífera en América en su segundo viaje. Se propagó rápidamente por México y luego fue hacia el sur, junto con los conquistadores españoles. En la década de 1540 llegó al Perú, en la del 50 a Chile y de allí cruzó los Andes y pasó a la actual Argentina.

En los siglos XVII y XVIII el principal polo vitivinícola de América fue Perú. Le siguió en importancia Chile. Dentro de Argentina, el polo principal estuvo siempre en Cuyo, sobre todo en Mendoza. Cuando Pedro del Castillo fundó esta ciudad (2 de marzo de 1561), cedió a cada vecino una parcela de tierra con la expresa misión de plantar viñas. Es decir, el mendocino nació junto con la vid.

-¿Cuándo se concentra en Chile y Argentina?

-Hacia mediados del siglo XIX se produjo el cierre del período artesanal de la vitivinicultura, y el comienzo de la era industrial. En este nuevo ciclo, Perú salió del juego pues se orientó hacia otras actividades económicas. Pero Chile y Argentina entraron con fuerza. Chile lo hizo con los capitales de su burguesía, que resolvió invertir fuerte en la industria vitivinícola. En cambio en Argentina, la burguesía no se interesó en el tema, pues tenía la mente puesta en carnes y granos para exportación. Fue fundamental el aporte de los campesinos criollos cuyanos y los inmigrantes pobres llegados de Europa, muchos de ellos provenientes de países tradicionalmente productores de vino, como Italia, España y Francia.

El vino argentino, del cruce de los Andes al mercado internacional

-¿Qué importancia tuvieron los viticultores cuyanos en la campaña libertadora del general San Martín?

-Sin el apoyo de los viticultores no hubiera funcionado. El gobierno nacional apenas pagaba a San Martín un cuarto del costo del Ejército de los Andes. El resto lo pagaba Mendoza, con el aporte de sus viticultores. Ellos aceptaron voluntariamente impuestos de guerra al vino y al aguardiente, que eran su principal exportación. Además, aportaron 133 cargas de vino para abastecer a los soldados durante los 20 días del cruce de los Andes. Este viaje estaba lleno de peligros, entre ellos el frío; 300 soldados murieron congelados. El vino ayudó a los soldados para calentar el cuerpo en las noches. Cada soldado tuvo una ración diaria de vino.

-¿Cuánto impactaron las crisis económicas en el negocio del vino argentino?

La inflación fue el principal flagelo de la vitivinicultura argentina en el siglo XX. Porque representa una transferencia de capitales constante, del viticultor al comerciante. El supermercado le paga el vino al productor varios meses después de la entrega del producto, con pesos devaluados. Una de las consecuencias fue la pérdida de viñedos de alta calidad enológica en los años 60 y 70: los viticultores arrancaron cepajes nobles para poner en su lugar viñedos muy productivos pero de bajo valor enológico. Fue un crimen desde el punto de vista de la cultura del vino. Pero comprensible por la irresponsable política económica nacional de la época.

-¿Qué provocó el resurgimiento como potencia exportadora?

-En el siglo XX la vitivinicultura argentina se orientó casi exclusivamente hacia el mercado interno. Había un acuerdo tácito entre productores y consumidores que garantizaba un consumo de vino anual de 50 litros per cápita. Esto cambió en la década del 80, con una crisis brutal: quebraron las empresas tradicionales y la superficie cultivada cayó de 350 mil a 180 mil hectáreas. El consumo interno cayó de 90 litros per cápita en 1970 a 20 en la actualidad.

Pero se produjo una renovación generacional. Las viejas empresas dejaron espacio para que surgieran las nuevas, con otra dinámica y capacidad de innovación. Y estás dejaron el modelo anterior: avanzaron en calidad y comenzaron a exportar y a venderle al mundo el 30% de la producción nacional de vino.

-¿Qué le hace falta a Latinoamérica para competir en precio y prestigio con los países líderes?

-Lo principal es fortalecer la identidad del vino y sus paisajes culturales. Los 500 años de historia vitivinícola que tenemos representan un activo, que todavía la industria no ha sido capaz de realizar. Hay que volver al orgullo del vino como construcción colectiva, realizada con el esfuerzo y el mérito de los viticultores que cuidan la planta cada día, y la nutren con el mejor abono que puede tener la viña: las pisadas de su propietario. Tenemos que valorar el desarrollo rural, las artes y saberes campesinos del viticultor: menos marketing y más cultura del vino.

Fuente: Clarin


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