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Puertas cerradas y pocos pasajeros, el sector hotelero en el Titanic

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“Aguantamos hasta donde pudimos. Pensamos que íbamos a abrir en las vacaciones de invierno del año pasado, pero el cierre se fue extendiendo y nos fuimos comiendo el capital que teníamos. Llegó un momento en que no dimos más, con muchos empleados, una estructura muy grande, créditos que todavía estamos pagando. En diciembre tomamos la decisión de cerrar. Al principio no era definitivo, pero todo siguió cada vez peor, nos desestabilizamos económicamente, aumentaron los impuestos, tenemos que pagar un crédito. Ya no tenemos posibilidades de volver”, cuenta con la voz entrecortada Maximiliano Masut, uno de los dueños del hotel Salto Grande, en Concordia. Era uno de los hoteles más grande, lujoso y emblemático de la ciudad entrerriana, con 104 habitaciones, más de 30 empleados, 4 orgullosas estrellas y más de 50 años ininterrumpidos de recibir visitantes.

Con una historia que se remonta a padres y abuelos colonos, de años de trabajo, de esfuerzo: el hotel fue construido por el padre y el tío de Masut todo a pulmón y actualmente lo administraban entre hermanos, primos y sobrinos. “Para la familia fue una decisión terrible cerrar el hotel. Ahora lo estamos desmantelando y vendiendo todo lo que nos queda para poder seguir pagando deudas. Ya tiene el cartel de venta o de alquiler, lo que sea. En el lobby está todo el mobiliario desarmado, las habitaciones ya están vacías, es muy triste ver todo esto. Pensar que hasta el día que comenzó la pandemia no teníamos ni una deuda, el hotel estaba completamente saneado y manejábamos niveles de ocupación que superaban el 60%”, se lamenta Masut, que todavía sigue recibiendo mensajes de pasajeros habitúes que no lo pueden creer.

Alejandro Moroni también vio como el esfuerzo de 29 años se diluyó con la pandemia: en octubre tomó la decisión de cerrar su hotel Costa Azul, ubicado en Villa Carlos Paz, que él mismo había construido, al que le había hecho tres grandes reformas con ampliaciones y modernizaciones, pero los números no cerraron. “Fue una angustia, una desazón terrible. Mantener la estructura latente esperando que la situación se revierta se puede hacer unos meses, pero nunca 15. No me quedó otra, no pude hacer nada más, era un riesgo muy grande seguir perdiendo dinero, con mi capital asumí los costos que implica cerrar, porque las ayudas del Gobierno no alcanzan para mantenerlo”, dice Moroni, que también es representante de la Federación Empresaria Hotelera Gastronómica de la República Argentina (Fehgra) de la región Centro.

No sabe qué hará con el edificio, que sigue manteniendo y pagando impuestos. Si pudiera vender lo vende, pero reconoce: “Hoy nadie te compra un hotel, es como un muerto”. Conoce a fondo la situación por la que atraviesa la hotelería: “Se de otros colegas que están en mi misma situación y no pueden cerrar porque no pueden afrontar los gastos de la doble indemnización, no tienen el capital, tienen un tsunami de deudas, pero tampoco pueden operar por los altos costos que implica. Con lo que recaudarían no podrían pagar ni la factura del gas, que en Córdoba es carísimo. Van camino a la quiebra sí o sí”.

En el verano hubo 70 hoteles de los 316 que tiene registrados Villa Carlos Paz que no abrieron porque no tenían garantía que la operación fuera superavitaria y no lo fue. Muchos todavía siguen cerrados, muchos seguramente no abrirán más.

La de Mario Dadone es otra de las historias tristes que deja la pandemia. Tenía tres hoteles en Córdoba, pero dos los cerró definitivamente y tienen el cartel de venta colgados, uno en la ciudad y otro en Carlos Paz. No encontró la manera de seguir adelante, a pesar que está en el rubro de toda la vida.

El hotel Royal, de 40 habitaciones, en la capital cordobesa, dependía en un 75% de pasajeros que se atendían en una clínica cercana, que llegaban del norte para hacer tratamientos médicos, que por las restricciones no viajaron más.

“Empecé a usar lo poco que tenía ahorrado, al principio pensé que era temporal, pero ahora es definitivo. No puedo ni pagar los sueldos. En nuestro caso fue muy difícil acceder al Repro, el programa que ayuda a pagar los sueldos. Vislumbramos un futuro complicado. Por ejemplo, calefaccionar un hotel es carísimo y el sistema en muchas propiedades es por sectores, no es individual. Si tengo dos habitaciones ocupadas, pero calefacciono 20 voy a pérdida, no es rentable”, cuenta Dadone. El hotel Montecarlo de Carlos Paz tampoco volvió a abrir, ni siquiera en el verano. Y el hotel que tiene abierto en la capital de Córdoba, de 30 habitaciones, que también se llama Montecarlo, tiene apenas un 10% de ocupación.

Estos son apenas tres historias de los cientos de cierres de alojamientos turísticos que se produjeron desde que comenzó la pandemia, uno de los rubros más castigados, que más está sufriendo el estancamiento del turismo, las fronteras cerradas y las restricciones que se sucedieron.

Algunos casos fueron conocidos, como el Sheraton Córdoba, que cerró y está funcionando como vacunatorio o el Amerian Córdoba Park, pero otros, más anónimos, quedaron perdidos detrás de números. La crisis afectó a todos, grandes y chicos por igual.

El informe “Seguimiento de Coyuntura del Sector Hotelero Gastronómico” realizado por Invecq Consultora Económica y elaborado en base a fuentes oficiales con datos provenientes del Indec y del Ministerio de Trabajo, da cuenta que cerraron 2800 establecimientos hoteleros desde que comenzó la pandemia (si se suma emprendimientos gastronómicos, la cifra actualizada asciende a 13.100).

Aunque está habilitada la posibilidad de viajar, el flujo de huéspedes no está ni cerca de lo esperado, tampoco lo estuvo en el verano, el momento que los hoteleros, asfixiados, pensaban tomar un poco de aire.

Los hoteles cargaron en muchos casos con el estigma de ser lugares cerrados, concurridos y muchos viajeros se inclinaron por el alquiler de departamentos u otras opciones.

El 2020 cerró con una caída del 68% en el nivel de actividad hotelera, según datos del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (Ieral), de la fundación Mediterránea. Se recibieron apenas 32 huéspedes de cada 100 que se registraban prepandemia. Si se considera el período abril-diciembre 2020 (restricciones plenas), la caída es del 93%. Los pasajeros hospedados entre febrero 2020 y febrero 2021 cayeron un 38.5%

El continuo cierre de hoteles, las retracciones y la baja de viajeros conlleva a la inevitable pérdida de empleos: desde que irrumpió el coronavirus, en el sector hotelero se perdieron 15.000 puestos de trabajo, según el relevamiento de Ieral, actualizado a mayo.

“La situación es desesperante. Ya se perdieron 15.000 puestos de trabajo formales solamente en la hotelería en la Argentina, que había llevado 14 años generarlos. En la industria turística en general estamos perdiendo 226 puestos de trabajo por día; en total ya perdieron 85.000 empleos. Todos los hoteleros en algún momento pensaron en cerrar. Hace 15 meses que estamos sin ingresos, sin cubrir los costos”, explica Roberto Amengual, presidente de la Asociación Hoteles de Turismo de la República Argentina (AHT).

Aunque la crisis hotelera se extendió por todo el mundo, parece que en la Argentina se está llevando la peor parte: según un estudio realizado por la consultora global STR, que analiza los movimientos en el sector hotelero a nivel mundial y regional, nuestro país presenta las ocupaciones más bajas desde el inicio de la crisis originada por el Covid-19: solo superó el 10% de ocupación en 15 de las 65 semanas relevadas.

A nivel regional, también la Argentina está en la última posición: comparado con el 2019, apenas roza el 25% de aquellos niveles de ocupación, mientras que Chile ya llega al 66% y Brasil, Uruguay y Colombia se encuentran alrededor del 50%. China lidera la recuperación, mientras la ocupación hotelera en EE.UU. para julio, está superando el 60 %.

Buenos Aires, en jaque

En la Ciudad de Buenos Aires la hotelería está en jaque. Entre febrero de 2020 y febrero de 2021 la caída de huéspedes se redujo un 84%, sin duda uno de los destinos más afectados del país.

Apenas está abierto el 35% de los hoteles, el resto permanece cerrado y los que abren tienen bajísimos niveles de ocupación, que no alcanzan el 15% por ciento. Para que sea rentable en condiciones normales se necesita un 60% de ocupación, ahora todo es pérdida”, explica Gabriela Akrabian, presidenta de la Cámara de Hoteles en la Asociación de Hoteles, Restaurantes, Confiterías y Cafés (Ahrcc) de Buenos Aires. Vive en carne propia la situación del sector: su hotel, el Wilton, situado en Callao 1100, con más de 50 años de trayectoria, está abierto, pero no llega al 10% de ocupación. “Muchos hoteles están hibernando, como los osos, pero cuando termine esta hibernación no sé cuántos seguirán vivos. Para las vacaciones de invierno ni siquiera hay llamados para averiguar, no hay reservas, no hay movimiento. Las tarifas están bajas, igual o menor que antes de la pandemia, pero no hay incentivo para venir a Buenos Aires”, reflexiona.

La falta de extranjeros, de congresos, de mercado corporativo y hasta de oferta cultural y de espectáculos hizo que Buenos Aires se convierta en un destino poco buscado por los viajeros de las provincias.

Uno de esos hoteles que todavía permanece cerrado desde el 19 de marzo es el Mine, un establecimiento boutique de 20 habitaciones que está en Palermo Soho. Todo quedó como ese día fatídico que comenzó la cuarentena, pero con un ambiente frío y oscuro, sin la vida que le daban los pasajeros. “No solo tenemos ingresos cero desde que cerramos, sino que tenemos muchos gastos, como los impuestos, mantenimiento del edificio y el pago al personal, cuenta María del Mar Senn, gerenta del hotel desde 2008 en que abrió las puertas.

“Abrir no es viable, porque nuestro público era de extranjeros, las tarifas no son para los locales, ofrecemos servicios personalizados. Abrir sería una pérdida mayor. Muchos abrieron y volvieron a cerrar porque la ocupación en bajísima”, explica.

Se mantuvieron las fuentes de trabajo de los 18 empleados con las ayudas del Gobierno que pagan parte de los sueldos, como el ATP y los programas Repro 1 y 2, pero no les alcanza: “La situación es desesperante, las ayudas no son suficientes. Nos seguimos endeudando, pidiendo créditos, refinanciando deuda, no hay mucho margen más”, agrega. “Estamos como en el Titanic, tocaremos hasta que estemos hundidos, todos como equipo.”

El Grand King Hotel, de 101 habitaciones que está en el microcentro, también lleva 15 meses cerrado y está sobreviviendo con el capital que aportan los dueños, que son españoles. “Si no fuera por ellos tendríamos que haber presentado la quiebra hace rato, porque con el dinero que teníamos habíamos hecho reformas. Le dimos de baja a todo lo que fue posible, como Internet, televisión por cable, wifi, la luz de los pisos cortada. Pero tenemos que seguir haciendo mantenimientos de calderas, ascensores, cosas que se rompen que hay que arreglar porque el edificio es de 1978, tenemos seguridad, seguimos generando muchos gastos. El resto del personal está suspendido. Gastamos lo mínimo indispensable, economía de guerra, apostando a que en algún momento cambie el panorama y podamos a abrir”, explica Mariana Crespo, gerenta del hotel.

Todavía no saben cuándo van a volver a abrir, porque necesitan un mínimo de 15% de ocupación para afrontar la operación; actualmente mantienen sus canales de venta, pero las reservas no llegan el 2% para los meses siguientes, por eso no reabren las puertas. “Es dramático, no podemos reconvertirnos, el edificio es un hotel. Tampoco la opción de recibir aislados nos sirve, porque el pago por noche es irrisorio y sabemos de otros hoteles que han sufrido destrozos”, concluye.

Por: Andrea Ventura
Fuente: La Nación


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